¡Las plantas tienen una inteligencia y son seres sintientes!
Autor: D. Harald Alke
Un punto de vista, no un artículo de enciclopedia. Una reflexión espiritual de D. Harald Alke. Saber de fondo: artículo de enciclopedia Conciencia y espíritu.
Este artículo rinde una visión personal, de forma espiritual. Los experimentos y las lecturas descritos aquí se entienden de modo fundado en una visión del mundo y no han de comprenderse como hechos científicos asegurados.
Desde los años 1960 del siglo XX, ha habido experimentos con los que investigadores querían probar si las plantas perciben su entorno o no. En realidad, la conciencia de plantas que piensan y reconocen es mucho más antigua aún. Ya los chamanes de la prehistoria hablaban con sus plantas. ¿Cómo habrían de otro modo aprendido para qué son buenas?
Los alquimistas estaban en busca de «mandrágora», plantas que tienen raíces como pequeños hombres, y que gritan horriblemente (¡!) cuando se las arranca torpemente. En Harry Potter, la historia mística ha sido retomada. Y hoy, pueden comprarse una pequeña mandrágora en botella (véase más abajo). Los coreanos la cultivan en masa y pagan por ejemplares particulares miles de euros: ¡el ginseng!
No asombra que la mandrágora haya sido tan difícil de obtener en el Medievo. ¡Corea ni siquiera era conocida y a 9.000 km! El ginseng contendría una esencia que purifica energéticamente nuestro cuerpo y alarga con ello nuestra vida.
El nombre Man-Drago-Ra deriva, por lo demás, de Man (el hombre), Drago (el dragón) y Ra (el dios-sol); significa algo como «pequeño dragón-humano» (que habita en la tierra) y lleva en sí la potencia del dios-sol Ra. Una lógica que conviene, porque las plantas van realmente a buscar la energía junto al dios-sol Ra y almacenan las reservas así ganadas en sus raíces. El nombre inglés es «mandrake».
El espíritu de una planta habita en efecto en la cepa radical, y no, digamos, en el ramaje por encima de ella. Rudolf Steiner hizo notar, ya hacia 1910, que el centro del pensamiento y los órganos reproductores, en todos los seres vivientes, se sitúan en las extremidades opuestas del cuerpo en cuestión. En los seres humanos y en los animales, las cabezas y los cerebros más o menos pensantes están «delante o arriba», y los órganos sexuales se encuentran «abajo o detrás». Como las plantas, todas sin excepción, tienden sus órganos sexuales hacia el sol y hacia el cielo, su centro del pensamiento debe pues situarse en la cepa radical, la mayoría de las veces directamente en un tubérculo o en un ensanchamiento del tallo justo cerca de la superficie de la tierra.
Se podría pues formularlo así: «¡Mi queridísima! ¿Puedo ofrecerte un fresco ramo de órganos sexuales de mis rosas rojas?» (¿Sabes ya qué quiero señalar con ello?)
Es también la razón por la que tiene poco valor arrancar solamente la parte superior del arbusto de una mala hierba. Mientras la cepa radical y el engrosamiento del tallo a menudo presente justo cerca de la superficie de la tierra quedan en su lugar, la planta volverá a crecer.
Luego, en el Medievo, había aún las mandrágoras europeas (Alraunen), a las que se asignó finalmente el nombre de mandrágora, para tener algo en mano. Las mandrágoras contienen alcaloides, y pueden pues ser empleadas como planta-droga. El uso de ellas es sin embargo delicado, difícil de dosificar y ligado a pesados efectos colaterales. (Detalles, véase el enlace más abajo.)
En la tradición chamánica transmitida, las plantas-droga «hablan» con los seres humanos a través de sus principios activos; para los chamanes y las brujas, contaban como ayudas indispensables, si no incluso como compañeros. Es un relato histórico-cultural y fundado en una visión del mundo – ninguna recomendación de uso; tales plantas son delicadas y pueden ser peligrosas.
Los Bruchos (curanderos) de la América central hablan, por ejemplo, del «dios Mescalito», que anima todos los cactus de peyote y «conduce inexorablemente al conocimiento de sí» a todas las personas que los mastican. Es por ello que la mescalina no se ha probablemente nunca vuelto una droga de fiesta.
El psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner fue, en 1848, verosímilmente el 1.er investigador de la edad moderna en poder probar reacciones de plantas por medio de instrumentos.
James Joyce escribió, hace 100 años, en una de sus obras, que «las zanahorias gritan cuando una liebre aparece y quiere comerlas». Lo sabía pues también él.
En 1974, hice investigaciones en esta dirección y encontré algunos informes de los Estados Unidos. Distintos investigadores que se ocupaban de investigación PSI llegaron a resultados convincentes. Por desgracia, los informes originales de las bibliotecas se han perdido para mí en el curso de las décadas. Quiero resumir aquí brevemente algunos resultados.
Varios investigadores (entre otros el hombre del FBI Cleve Baxter) tuvieron la idea de conectar detectores de mentiras a grandes plantas, por ej. a un ficus. El árbol reaccionaba gozosamente cuando su propietario entraba en la habitación, porque de él recibía agua y abono. Era cuidado y mimado.
Luego un investigador tuvo la idea siguiente: incitó a un colega a chamuscar una hoja del ficus con un encendedor. ¡El árbol gritó, naturalmente, de dolor y de espanto! Las reacciones del detector de mentiras eran inequívocas. En el tiempo que siguió, ya solo el «buen propietario», ya solo el «mal destructor», entraba en la habitación. El ficus reconocía muy precisamente qué ser humano entraba en la habitación, y sus reacciones oscilaban entre el pánico y la alegría. Tales experimentos fueron conducidos en distintos institutos parapsicológicos y confirmados. Uno de los informes se titulaba «Do plants feel emotions?» (compárense también las referencias de fuentes en «PSI» de Ostrander/Schroeder, 1975).
Cómo las plantas hacen ello no está claro para los investigadores, puesto que ellas no tienen ni nervios ni cerebro en nuestro sentido; y sin embargo, sin ninguna duda, ellas pueden percibir su entorno de modo muy diferenciado y también sobre distancias más grandes.
En reportajes filmados, se ha observado y referido varias veces que, por ej., los zarcillos de las plantas trepadoras se despegan muy precisamente, en un punto apropiado, de una rama a lo largo de la cual han crecido, y crecen más lejos en la dirección en la que, a alcance aceptable, otra rama crece de un nuevo árbol. Si su estabilidad no les permite alcanzar la nueva rama, forman un 2.º y un 3.er zarcillo. Los 3 zarcillos se enrollan ahora uno alrededor del otro, se refuerzan, ellos y su alcance, y pronto el nuevo árbol es alcanzado. Con este método, conquistan superficies enormes.
Solo que, ¿con qué clase de percepción «ven» la nueva rama a quizá un metro de distancia? Para mí, no hay sino una explicación a ello. Los científicos niegan una vez más la existencia del espíritu que anima y guía a todo ser viviente. El espíritu, a su vez, tiene algo que ver con la energía, con el magnetismo. Todas las células vivientes tienen sus propios pequeños campos magnéticos y comunican entre sí por medio de señales infrarrojas. Del todo manifiestamente, pues, «el espíritu» de una planta puede reconocer quién entra en una habitación y con qué intenciones. Ellas pueden «leer» las firmas mentales y reaccionar a ellas. Del mismo modo, pueden reconocer la presencia de otro árbol e incluso de un poste de cerca muerto, para crecer en su dirección y trepar a lo largo de él hacia la luz.
Es justamente esta «acción reflexionada» la que se apoya en una «percepción primaria», y si aceptamos la existencia de un espíritu que anima, piensa y actúa, todo se vuelve bien simple. La estrechez de espíritu de la mayoría de los científicos es sin embargo espantosa.
Sobre este tema, reportajes positivos han aparecido de vez en cuando en la televisión. Quien lo desee puede ocuparse de ello. El reportaje de la SZ (véase más abajo) es interesante porque retoma un tema importante en la comprensión de la naturaleza y lo respalda con nuevas pruebas. No podemos pasar por alto el hecho de que también las plantas piensan, tienen sentimientos y reaccionan de modo diferenciado a su entorno. Estamos solamente acostumbrados a tratarlas con menos miramiento que a los animales.
Ello arroja la filosofía de los veganos bajo otra luz. Es, naturalmente, deseable que nosotros tratemos a todos los demás seres vivientes con respeto y no tomemos verdaderamente de la naturaleza sino aquello de lo que tenemos necesidad. Pero del todo manifiestamente, vivir, morir y nutrirse son simplemente el curso normal de nuestra vida, y es solamente la cuestión de saber a quién matamos para nutrirnos. No podemos escapar a ello. ¿Comemos más bien plantas porque no podemos oír su grito, o también animales que pueden gritar en nuestra longitud de onda? ¿Una gallina de una cría es éticamente más preciosa que un bello repollo del campo? ¿Una secuoya gigante con sus 1.000 años de experiencia no es acaso más preciosa que el efímero «ser humano»? Vale la pena reflexionar en ello.
El vegetariano convencido George Bernard Shaw visitó, en 1900, al investigador bengalí Jagadish Chandra Bose y debió mirar y oír, consternado, cómo el investigador, en su laboratorio, podía volver acústicamente perceptible la agonía de un repollo en una olla. El repollo gritó hasta que estuvo muerto.
Mi relato puede quizá invitaros a ver todo en todo. ¡Todo vive!
También los cristales, que vamos a buscar en la tierra y en la roca, pulimos y de los que nos alegramos, viven a su modo. Horus dijo un día que los cristales «son sentimientos de seres superiores».
Quisiera cerrar estas reflexiones con un pequeño poema zen que compuse en 1988, cuando también yo me ocupaba de este tema.
Vivir
Morir
Entre los dos llegar a la quietud
Soy
© dha 1988
Referencias de fuentes
http://en.wikipedia.org/wiki/Plant_perception_%28paranormal%29
http://www.viewzone.com/plants.html
http://www.sz.de/1.2479997
Preguntas frecuentes
¿Pueden las plantas verdaderamente sentir?
D. Harald Alke sostiene – como una visión espiritual, fundada en una visión del mundo – la convicción de que las plantas perciben y reaccionan, y remite entre otros a los experimentos con el detector de mentiras de Cleve Baxter. No es ningún descubrimiento científico asegurado.
¿Dónde, según esta visión, reside el espíritu de una planta?
En la cepa radical: con Rudolf Steiner, el artículo sostiene que el centro del pensamiento y los órganos reproductores se sitúan en las extremidades opuestas – en las plantas, las flores tienden hacia el sol, pues el centro del pensamiento se sitúa en la raíz.
¿Qué significa ello para la alimentación?
El artículo plantea la cuestión vegana de nuevo: si también las plantas sienten, la alimentación es siempre una intervención en la vida. Una invitación a la reflexión, ningún dogma.